Las guerras no son racionales y el mercenarismo lo es menos y, por ende, es más cruel, al articular todas las formas oscuras de las guerras.
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“Los romanos tienen soldados mucho mejores […] porque los cartagineses emplean tropas extranjeras y mercenarias, mientras que los romanos emplean nativos y ciudadanos.”
Polybio (siglo II a. C.) Historias, Libro VI, capítulo 52 (sección sobre las causas de la superioridad romana)
“Digo, pues, que las tropas con que un príncipe defiende sus Estados son propias, mercenarias, auxiliares o mixtas. Las mercenarias y auxiliares son inútiles; y si uno sostiene su Estado con estas armas, nunca estará firme ni seguro, porque están desunidas, ambiciosas, sin disciplina, infieles, valientes ante los amigos, cobardes ante los enemigos; no tienen temor de Dios ni fidelidad a los hombres […]. En la paz te despojan, en la guerra el enemigo.”
Nicolás Maquiavelo (1469 – 1527) (El Príncipe, Capítulo XII)
Las guerras no son racionales. Por el contrario, en ellas se decanta toda la voluntad de poder que se vio frustrada mediante una activa diplomacia, pericia política, paciencia, contención en espera de momentos adecuados y, en suma, el fin del diálogo.
Las guerras desatan todas las prácticas crueles e inhumanas de las que es o somos capaces los seres humanos: la tortura, la traición, el engaño, el uso de instrumentos de guerra prohibidos, así como compuestos tóxicos sean de índole radiactivo, biológico o químico, el ataque a sociedad civil, el uso de la misma como escudo humano y sumado a todo ello, el uso de mercenarios.
Es evidente que hoy en día, siendo la guerra más tecnológica por inercia también es más irracional, apartada de valores humanos. Enzo Traverso en su introducción al texto de Ernest Mandel, El significado de la Segunda Guerra Mundial, titulada Un siglo de violencia, señala que:
A partir de 1914, la modernidad reveló su faz más destructiva y espantosa: la de la guerra total. Un continente que todavía era en gran parte rural descubrió las leyes de un mundo mecanizado, una temporalidad completamente desconectada de los ritmos de la naturaleza y el sometimiento de los cuerpos al arrollador monstruo impersonal de los ejércitos de masas. De repente, el concepto de modernidad dejó de identificarse con el progreso material y pasó a asociarse con la guerra industrial lidiada por ejércitos gigantescos organizados a modo de fábricas fordistas y formados por soldados convertidos en «trabajadores de la destrucción» (esta definición apareció simultáneamente en 1915 en los escritos de Henri Barbusse y Arnold Zweig).
La guerra total se convirtió en una masacre racionalizada y tecnificada cuyo fruto era la muerte ya no glorificada, sino serializada: una muerte «sin atributos», una muerte masiva anónima. Era, en palabras de Walter Benjamin, una «muerte mecánicamente reproducible», cuya «aura» quedó enterrada para siempre en el fango de las trincheras. Inaugurada con el mito de la muerte heroica, la Gran Guerra acabó con homenajes al «soldado desconocido».
Las guerras no son racionales y el mercenarismo lo es menos y, por ende, es más cruel, al articular todas las formas oscuras de las guerras al saltarse las convenciones internacionales de DD.HH. y tratados y convenios específicamente dados para conflictos. El mercenario, es actor de todas estas formas de violencia; sin patria, entregado a acuerdos con piratas que no tienen por qué respetar contratos, asume el pillaje, el consumo de sustancias psicoactivas, ejercen la violación de mujeres y niñas, la tortura y los códigos de la guerra desde su omnipotente porte de armas y administración territorial de ‘justicia’.
El mercenario, sin embargo, obedece al mando del ejército nativo y es allí donde puede encontrar límites a su anarquía. No es una figura nueva en la realidad de los conflictos y el presente no se escapa a esta tragedia.
Como colombiano, no es fácil señalar que es este país el primer exportador de mercenarismo a la guerra en Ucrania. Como profundo admirador de Rusia, su gente, su historia y su Revolución Bolchevique, es aún más complicado señalar las aristas de esta tragedia, de la que a continuación, esbozo unos puntos de contexto en esta primera parte, para en una segunda, centrarme en el mercenarismo colombiano en la guerra en Ucrania.
Tres Momentos del Mercenarismo
Es necesario señalar que el actual mercenarismo dado en torno a la guerra en Ucrania, entre EE.UU. + Europa + Japón + Australia y sus respectivas periferias contra la Federación de Rusia desde 2014, es antecedida por varias guerras que implicaron el uso de tan detestables figuras militares, carentes de honor, patria y amor propio. Estas son al menos tres emblemáticas que permitirán apreciar el contexto actual del mercenarismo para luego pasar a tipificar al colombiano, como parte de la vergonzosa cuota regional latinoamericana y caribeña al conflicto en tierras eslavas.
La Guerra de los Mercenarios (240-237 a. C.)
En la Primera Guerra Púnica (264-241 a. C.) contra Roma, Cartago fue la perdedora y debió indemnizar a tal ciudad – Estado. Polybio retrata este evento de insurrección mercenaria en la obra Historias (Libro VI, capítulo 52).
Cartago había contratado cerca de veinte mil mercenarios con una oferta de salario, botín y pagos que se retrasaran. Al perder, debió desmovilizar a los mercenarios que provenían de toda África: libios, númidas, íberos, galos, griegos, etc.
Cartago quiso pagar menos de lo que pactaron; además de pagar por cuotas y con moneda devaluada. Los mercenarios, que habían luchado años en Sicilia, se sintieron estafados y se revelaron teniendo como líderes a Mathos (libio) y Spendius (esclavo fugitivo de Campania).
Antes de llegar el padre de Aníbal, Amílcar Barca, a reducir la rebelión, se presentaron actos de crueldad extrema. Los mercenarios crucificaron a generales cartagineses y torturaron prisioneros y hasta hubo canibalismo. Cartago respondió con ejecuciones masivas y crucifixiones. Los mercenarios rebeldes sitiaron la propia ciudad de Cartago, quien estuvo al borde de la destrucción total.
La guerra duró cuatro meses y derivó en la Segunda Guerra Púnica. Se volvió un referente clave para los historiadores como Polybio, porque evidenció que cuando alguna ciudad-Estado como Cartago hacía uso de gentes sin sentido de patria y se encuentran asalariados, la motivación económica los convierte en un peligro para los objetivos de su contratante.
Los Condottieri en la Italia del Renacimiento (siglos XIV-XV)
Dada diecisiete siglos después de la retratada por Polybio, estos personajes expresaron una forma más organizada y empresarial del mercenarismo. Michael Mallet, en su obra El hombre del renacimiento, tiene en su capítulo segundo a El Condottieri. Se les decía Condottieri a los reclutadores que en sí son hoy la forma moderna de intermediación entre reclutados y las compañías o brigadas de los frentes en la guerra en Ucrania.
Las ciudades – Estado de la Italia renacentista vivían en una suerte de guerras por poder regional, camino a la configuración de los Estados modernos. En ese sentido, los Condottieri se vieron inmiscuidos en las guerras entre Milán, Florencia, Venecia, Nápoles, el Papado y Siena o conflictos por el control de territorios en el norte y centro de Italia (Lombardía, Toscana, Romagna, etc.) o las guerras de los Visconti de Milán y las luchas por el dominio de Bolonia y Perugia. Además, Francia, España, el Sacro Imperio y otros invadieron Italia, entre 1494 – 1559; lo que se conoce como las Guerras Italianas.
Los contratos eran de tres a seis meses o un año prorrogable. El pago era mensual o trimestral por lo general, se daba un anticipo al firmar el contrato, bonificaciones por victorias, captura de ciudades o servicios extraordinarios. Se compensaban pérdidas (caballos muertos, equipo destruido). A veces incluía tomar parte en el botín, tanto el Condottieri como sus hombres podían quedarse con algo de lo saqueado.
Eran los Condottieri autónomos en el campo de batalla, es decir no se subordinaban a otro mando oficial de la ciudad-Estado por la que peleaban -aunque debían seguir la estrategia general dada- y sus compromisos básicos eran: proporcionar tropas bien armadas y entrenadas, obedecer las órdenes del empleador (ciudad, duque o Papa), no cambiar de bando durante el contrato (aunque a veces lo hacían cuando expiraba) y mantener la disciplina de sus tropas. Se les penalizaba sino cumplían con el número de tropas acordado; (aunque no se sabe de casos de reclutamiento forzado como hace hoy el gobierno ucraniano, en el acto llamado ‘busificación’)
Como características de estos reclutadores renacentistas, se encuentran, que, por ejemplo, evitaban batallas decisivas para no perder tropas caras; efectuaban traiciones constantes y cambiaban al bando que ofreciera pagos superiores. Mercenarios como Sforza, terminaron con títulos nobles, éste, particularmente Duque de Milán.
Las Compañías Libres y los Mercenarios en la Guerra de los Treinta Años (siglo XVII)
Así, entre más nos acercamos a la época actual, y recordando lo citado de Traverso, la guerra dada entre los años 1618-1648, Fue un conflicto devastador en la memoria de la historia europea, librado principalmente en el Sacro Imperio Romano Germánico. Más de doce naciones luchando entre bandos católicos y protestantes.
Es el momento del mercenarismo más violento, cruel y destructivo, hasta entonces conocido. Es un macro negocio basado en el pillaje, donde ejércitos enteros viven del saqueo; ‘una guerra alimenta a la guerra’. Hubo una saña particular atroz contra la población civil, de la cual el saqueo a Magdeburgo es memorable. Los mercenarios que cambiaban de bando según quién pagara mejor, omitiendo contratos vigentes, no como los Condottieri. Así, la destrucción demográfica de Alemania rondó entre el 30-40% de su población.
En síntesis, el mercenarismo responde a unas circunstancias históricas concretas y es a la vez una práctica dinámica que no sólo se ha barbarizado paradójicamente a contra pelo de la modernización y complejidad de los conflictos, sino que se ha regulado ante las evidencias de una excesiva libertad de acción, mediada por intereses y faltas de lealtad.
Lo que es una constante hasta el día de hoy es la ausencia de sentido de pertenencia más allá de las relaciones contractuales por parte de los combatientes. Así, en el marco de una ‘renta de servicios’ basada en unas habilidades de tipo militar, la relación contractual figura al mercenario como un trabajador, alguien que pone en juego su vida vendiendo sus habilidades para llevar dinero o bienes a su casa o asegurar un retiro: mato a otras familias a favor de mi familia con este ‘trabajo’.
El mercenario no sólo asesinaba a otros militares, sino que, como se vio, poco a poco implicó más a la sociedad civil.
Así, ante la incertidumbre en los resultados que representaba el mercenarismo por falta de lealtad, -según la literatura vista- del nacimiento de los Estados – Nación derivó la formación de ejércitos profesionales propios de tales entidades, con una estructura de orden y administración financiada por los impuestos y ganancias estatales.
El mercenarismo en el siglo XXI
Saltando en el tiempo encontramos en el siglo XX no sólo dos guerras mundiales entre 1914 – 1945, sino una suma de conflictos que se dieron bajo la impronta de la Guerra Fría: guerra de Corea, Vietnam, Camboya, Afganistán, además de la Guerra civil libanesa que se volvió internacional, la Guerra Irán – Irak, Guerra de Ogadén, donde Somalia invadió a Etiopía, así como las guerras de liberación nacional en África.
En varias de estas guerras -si no en todas- el papel del mercenarismo ha sido relevante, expresándose por ejemplo en la Crisis del Congo (1960-1965). Allí se presentó un grupo denominado los Gansos Salvajes, que integraba mercenarios blancos británicos, sudafricanos, belgas, franceses y rodesianos (de Rodesia, actual Zimbabue), atacando al gobierno del asesinado presidente electo Patricio Lumumba y posteriormente contra ejércitos soviéticos y cubanos pro independentistas a favor de El Congo.
Por otra parte, El juicio de Luanda, de 1976, derivó en un juicio internacional que terminó con la ejecución por fusilamiento de cuatro mercenarios. Este evento acabó con la era dorada del mercenarismo y de allí surgieron leyes internacionales en la ONU contra tal barbarie.
Es clave separar el apoyo de gobiernos a Estados en guerra, sea por lazos de hermandad, convenios o en el caso de la Guerra Fría, por una lucha ideológica superior, que desde el lado comunista se ejercía como parte del internacionalismo proletario. En esos casos no eran tropas mercenarias sino ejércitos regulares, como el cubano en el Congo o en Sudáfrica luchando contra élites locales y contra el imperialismo estadounidense, un poco al modo del apoyo de tropas norcoreanas a Rusia en la retoma de Kursk, en 2025, basado en un acuerdo de cooperación.
Esto es clave para retomarlo en la segunda parte, que las actuales vinculaciones de mercenarios al lado ucraniano, se hace bajo el error histórico anacrónico de vender una lucha contra el comunismo ruso inexistente hoy en la Federación Rusa o perpetuar la idea de la defensa de los ‘valores del mundo libre’. También del lado ruso, puede existir el compromiso con la Rusia Soviética y los valores allí engendrados para apoyar la causa contra el occidente colectivo.
Por otra parte, en efecto había cuerpos de mercenarios que ahora actuaban bajo el nombre de ejércitos privados; nombre ahora más común para denominar a este nuevo nivel de organización administrativa y militar que aglutina expertos militares de diversos países bajo una bandera corporativa que puede ofrecer servicios de seguridad a diversos gobiernos. Allí las lealtades tienen relación directa con la procedencia de la empresa privada de seguridad.
Las Empresas Militares Privadas o PMC (Private Military Companies) son la consecuencia de la preminencia del mercado sobre el Estado en todos los frentes dentro del capitalismo y de la economía de guerra estadounidense anclada a su complejo militar industrial. Es claro que lo que inició en 1945 con un dominio de tal sector en los propios lobbies parlamentarios tomó fuerza y fue incontenible por el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower, acérrimo enemigo de tal monstruo corporativo.
El fin de la confrontación comunismo vs capitalismo hacia 1991 no entregó un mundo sin amenazas sino un mundo con ventajas para el ganador visible: EE.UU.; quien se dedicó a ampliar su poder bajo banderas y sofismas de libertad, democracia y mercado con oportunidades para todos.
Esta continuidad de guerras como: Guerra del Golfo, Irak, Ruanda, Somalia, Congo, Yugoslavia, Chechenia, Afganistán 2.0, Siria, Libia, Yemen, Palestina ha generado un jugoso negocio para las PMC. Entre ellas encontramos a Blackwater, fundada en el año 2000 y ahora llamada Constellis o Academi. Está la PMC Wagner, de procedencia rusa, fundada en 2014. Otra, con el nombre particular Executive Outcomes (Resultados Ejecutivos), fue fundada en Sudáfrica en los 90, por miembros del apartheid; o la PMC británica llamada Sandline International, fundada en 1996.
Así, el mercenarismo ha seguido su camino de mutación y ajuste a las nuevas realidades y demandas. Si eran al inicio y por un largo tiempo expresiones de intereses privados con vínculos proto nacionales, como las ciudades – Estado y luego los Estados germinales europeos, luego pasaron a ser cuerpos no sólo de defensa sino ofensivos sobre naciones como los casos de África vistos.
Desde el siglo XXI y con las características unipolares imperiales estadounidenses, el mercenarismo tomó los caminos no sólo de contratación de Estados a empresas PMC, sino que éstas tienen profundos vínculos en su cadena de suministros y respaldos jurídicos, aduaneros, de migración e inmigración con poderes estatales que les cobijan.
Por otra parte, una forma ‘freelance’ de vinculación se da a partir de subdivisiones de reclutadores -una suerte de Condottieri modernos- que están subordinados a Estados y PMC globales como las mencionadas, que ponen avisos y cadenas públicas para sumar combatientes.
Es bueno dejar claro en este punto lo siguiente, teniendo como base al profesor Restrepo Domínguez, en su artículo, Mercenarios: criminales de guerra convertidos en contratistas:
El artículo 47 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra (1977) define a un mercenario como alguien contratado, con motivación económica, para participar en un conflicto armado, sin ser nacional ni miembro de las fuerzas armadas de las partes en conflicto.
El DIH no restringe la participación de individuos ajenos al conflicto, ni condena el papel de las empresas militares privadas, que acumulan fortunas incalculables vendiendo servicios en guerras ajenas.
En tal sentido, los cárteles narcotraficantes y fuerzas criminales de todo el mundo donde requieren control territorial y disputa con ejércitos regulares o enfrentar otros cárteles, también contratan militares a sueldo, para obedecer órdenes que pueden incluso violentar población civil, como es el caso de los cárteles mexicanos. Sin embargo, estos militares pasan a ser parte de estructuras delincuenciales internacionales; crimen organizado, pero no son considerados mercenarios.
Digamos que al no ser contratados bajo la sombra o de manera directa por Estados en guerra, sino por estructuras criminales, técnicamente no responden al apelativo de mercenarismo. Aunque en varias características son idénticos; de hecho, pueden parecerse a las formas primigenias de mercenarismo vistas, al defender conveniencias particulares, pero que no están interesadas en formalizar legal o jurídicamente la posesión o control de un territorio bajo su nombre.
Particularmente, para el interés de revisar el mercenarismo y su tragedia en la guerra en Ucrania, este artículo ofrece un contexto no exhaustivo, pero sí suficiente para comprender, en la siguiente entrega, los alcances, lógicas, consecuencias y perspectivas del mercenarismo colombiano, como caso relevante del país latinoamericano que pone el mayor número de combatientes en tal guerra.
Lo que sigue siendo una constante en el mercenarismo es la indolencia de llamarse trabajo. De considerarse sujeto de contratación formal, aunque por su propia esencia pueda derivar en incumplimiento. La crueldad y la barbarie del mercenarismo siempre se ha extendido cada vez más hacia la población civil. El lucro con trata de personas y de órganos, así como de niños y mujeres, hacen más complejo el fenómeno al entrar todas estas aristas dentro del concepto de ‘botín de guerra’.


