Entre la crisis del «Occidente colectivo» y la construcción de un nuevo orden mundial
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La gran confusión sobre el destino de Occidente
En medio de las profundas transformaciones del orden mundial, agravadas por las guerras en Ucrania y Oriente Medio, dos interpretaciones aparentemente opuestas disputan el significado y el destino de la civilización occidental. Por un lado, se encuentran quienes, ante el declive de la hegemonía angloamericana y el ascenso de las potencias euroasiáticas, proclaman el fin inevitable de Occidente, que sería sustituido por un nuevo orden mundial dominado por China, Rusia y otros centros de poder. Por otro, están quienes pretenden preservar la supremacía del llamado «Occidente colectivo», identificando la supervivencia de la civilización occidental con el mantenimiento de sus estructuras político-militares y financieras.
Aunque antagónicas, ambas interpretaciones incurren en la misma confusión fundamental: identifican una civilización milenaria con una estructura de poder históricamente transitoria. La civilización occidental no nació con la OTAN, con la Unión Europea ni con Wall Street. Sus raíces se remontan a la filosofía griega, al Derecho romano y, decisivamente, a la síntesis civilizatoria proporcionada por el cristianismo.
Del mismo modo, Europa y Unión Europea no son sinónimos. La primera es una realidad histórica constituida por naciones, culturas y tradiciones espirituales que han atravesado siglos. La segunda es una construcción político-institucional contemporánea que, al concentrar progresivamente competencias supranacionales, es acusada de distanciarse de los intereses y las aspiraciones de los pueblos europeos.
Es en este sentido que puede hablarse de una usurpación política del nombre de Europa. Ninguna estructura institucional contemporánea tiene derecho a identificarse exclusivamente con una civilización que la precede en muchos siglos.
La Europa de las verdaderas naciones no desapareció con la constitución de las instituciones de Bruselas. Tampoco se agota en las decisiones de su burocracia comunitaria ni en las orientaciones estratégicas de la OTAN. Su identidad histórica permanece vinculada a la herencia grecorromana, al cristianismo, a la formación de las universidades, al desarrollo de las ciencias, a las grandes tradiciones jurídicas y a la diversidad cultural de sus pueblos.
Está, sobre todo, asociada a la larga formación medieval de las comunidades políticas europeas y al proceso del que surgirían los Estados nacionales, enmarcados todavía dentro de una concepción cristiana del poder, del derecho y del bien común. En ese sentido, Europa no nació en Bruselas: Bruselas es apenas una construcción institucional reciente dentro de una historia civilizatoria mucho más antigua.
Marco Rubio en el Partenón: ¿qué Occidente se pretende defender?
Esta contradicción adquirió una dimensión particularmente reveladora en el discurso pronunciado por el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, en Atenas, el 7 de octubre de 2026, teniendo como escenario simbólico la Acrópolis y el Partenón. Rubio procuró establecer una continuidad histórica entre la Grecia antigua, Roma, la cristiandad europea y Estados Unidos, presentados como herederos de aquella tradición. Destacó la razón, la ciencia, el heroísmo, la excelencia y la ambición como atributos de la grandeza occidental, relacionándolos con la necesidad de recuperar la supremacía estadounidense.
Sin embargo, existe una contradicción fundamental entre la universalidad del legado grecorromano y cristiano y su utilización como justificación para la supremacía de una potencia.
Grecia no legó a la humanidad solamente la exaltación de la excelencia y la competencia, sino también, por medio de Sócrates, Platón y Aristóteles, la reflexión sobre la verdad, la justicia, la virtud y la naturaleza del Bien. Roma añadió la tradición jurídica, mientras que el cristianismo estableció una concepción de la dignidad humana que trasciende la nacionalidad, la riqueza y el poder.
Existe, además, una ironía histórica en el escenario elegido por Rubio. El Partenón fue víctima de uno de los episodios más célebres de expolio cultural del imperialismo británico. Entre 1801 y 1812, Lord Elgin, embajador británico ante el Imperio otomano, promovió la extracción de una parte sustancial de sus esculturas, posteriormente incorporadas al Museo Británico, donde permanecen a pesar de las reclamaciones griegas de restitución.
Tanta admiración por la civilización griega que una de las mayores potencias imperiales de Occidente no se conformó con contemplar sus obras maestras: se llevó consigo las piedras y esculturas de sus monumentos más sagrados.
Dos siglos después, un representante del poder estadounidense regresa simbólicamente al mismo escenario para proclamar la grandeza occidental. La verdadera universalidad de una civilización, sin embargo, no se demuestra mediante la apropiación de las realizaciones ajenas, sino mediante el respeto a los pueblos que las produjeron.
Platón contra Trasímaco: la justicia no es el derecho del más fuerte
Esta contradicción también merece ser examinada a la luz de la influencia de Leo Strauss y de determinadas interpretaciones de la filosofía clásica en el pensamiento neoconservador estadounidense. Algunos intelectuales neoconservadores que reivindican a Platón parecen olvidar la lección fundamental de La República, particularmente el diálogo en el que Trasímaco sostiene que la justicia es la conveniencia del más fuerte. En otras palabras, los gobernantes establecen las leyes según sus intereses y pretenden que los gobernados reconozcan como justo aquello que favorece a quienes detentan el poder.
Es precisamente esta identificación entre justicia y fuerza la que Sócrates cuestiona, argumentando que la autoridad debe orientarse hacia el bien de aquellos que están bajo su responsabilidad. No se trata de atribuir directamente a Strauss la doctrina de Trasímaco, sino de reconocer que ciertas interpretaciones políticas del legado clásico parecen aproximarse más a la concepción del sofista que a la crítica socrático-platónica.
Esta contradicción se hizo particularmente evidente después de la caída del Muro de Berlín, en 1989, y la disolución de la Unión Soviética, en 1991. En lugar de aprovechar aquella oportunidad histórica para construir un orden cooperativo, prevaleció en Washington la expectativa de una prolongada supremacía unipolar, acompañada de las llamadas «guerras perpetuas».
La expresión más inquietante de esta concepción se produjo en abril de 2026, cuando Donald Trump, durante la confrontación con Irán, amenazó públicamente con la desaparición de toda una civilización. La amenaza contra la milenaria civilización persa representa una contradicción moral con los propios principios universales proclamados por la Declaración de Independencia estadounidense, fundamentados en las leyes de la naturaleza y del Creador.
La justicia no nace del poder, ni la verdad se establece por la fuerza. Es el poder el que debe someterse a la verdad, a la justicia y al Bien Común.
La verdadera civilización occidental y sus raíces cristianas
Ante estas contradicciones, resulta indispensable recuperar una definición rigurosa de la civilización occidental.
La síntesis entre la filosofía griega, el Derecho romano y el cristianismo estableció los fundamentos de una concepción de la sociedad en la cual la autoridad política no constituye un fin en sí misma, sino que debe orientarse hacia la realización del Bien Común.
Este patrimonio encontró una expresión moderna particularmente importante en la Doctrina Social de la Iglesia católica, desde Rerum Novarum, de León XIII, hasta los grandes documentos sociales de los siglos XX y XXI. La dignidad de la persona humana, el Derecho Natural, la solidaridad, la subsidiariedad y el destino universal de los bienes constituyen principios esenciales de esta tradición. Estos fundamentos adquieren hoy una relevancia extraordinaria, precisamente porque la crisis mundial no es solamente económica, financiera, política o militar. Es, en última instancia, una crisis espiritual, manifestada en la pérdida de los principios morales y trascendentes que deberían orientar el ejercicio del poder y la organización de la sociedad.
En este sentido, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece fundamentos extraordinariamente actuales para la construcción de un verdadero orden mundial multipolar.
En la encíclica Pacem in Terris (1963), Juan XXIII defendió la necesidad de una autoridad pública mundial capaz de promover el Bien Común universal, destacando que su legitimidad debía derivarse del acuerdo entre las naciones, jamás de la imposición de las grandes potencias.
El Concilio Vaticano II, en la constitución pastoral Gaudium et Spes (1965), profundizó esta concepción, mientras que Pablo VI, en Populorum Progressio (1967), vinculó la construcción de un orden jurídico universal al desarrollo integral de todos los hombres y de todos los pueblos.
Se trata de una concepción radicalmente distinta de cualquier gobierno mundial oligárquico o imperial. La autoridad internacional legítima no debe suprimir la soberanía de las naciones, sino asegurar las condiciones para su realización dentro de una comunidad internacional cooperativa.
La herencia ibérica y la identidad civilizatoria de Iberoamérica
Para nosotros, pueblos de Iberoamérica, esta reflexión posee un significado especial.
Somos herederos de una tradición civilizatoria que, a partir de las grandes navegaciones portuguesas y castellanas de los siglos XV y XVI, proyectó el cristianismo más allá de Europa, dando origen a nuevas sociedades formadas por el encuentro entre pueblos europeos, indígenas y africanos.
Este proceso no puede reducirse a las categorías del colonialismo mercantil, aunque estuvo acompañado de guerras de conquista, explotación y graves injusticias. La tradición ibérica también produjo una extraordinaria reflexión sobre los derechos naturales de los pueblos, particularmente por medio de Francisco de Vitoria y de la Escuela de Salamanca, que establecieron importantes límites morales a la conquista y al ejercicio del poder.
Es necesario distinguir esta dimensión civilizatoria de los sistemas de dominación mercantil asociados al ascenso de las potencias angloholandesas, especialmente a partir de los siglos XVI y XVII, con sus compañías comerciales privilegiadas, monopolios, corso, piratería y creciente concentración del poder financiero.
Naturalmente, las propias monarquías ibéricas también ejercieron prácticas coloniales coercitivas. La distinción esencial no consiste en absolver a unos y condenar a otros, sino en reconocer la diferencia entre los principios universales de una civilización y los intereses particulares de los imperios que pretenden representarla.
Iberoamérica, heredera de esta tradición cristiana y enriquecida por su propia diversidad cultural, posee una contribución singular que ofrecer a la construcción de un nuevo orden mundial.
León XIV en Francia: la Europa cristiana sigue viva
En medio de la crisis existencial de las actuales estructuras políticas europeas, la visita apostólica del papa León XIV a Francia, en septiembre de 2026, ofrece una señal significativa de la vitalidad de las raíces cristianas del continente.
Las multitudinarias manifestaciones de acogida al Pontífice, especialmente la participación de jóvenes, contrastaron con la imagen de una Europa cuya secularización habría eliminado definitivamente su identidad religiosa.
El entusiasmo manifestado en Francia no demuestra, por sí solo, la existencia de un renacimiento cristiano generalizado en toda Europa. Sin embargo, revela que la tradición religiosa continúa siendo capaz de movilizar a importantes sectores de la sociedad, incluidas las nuevas generaciones. Este fenómeno adquiere un significado especial en un continente marcado por crisis económicas, pérdida de confianza en las instituciones y creciente insatisfacción con las políticas gubernamentales, particularmente en los ámbitos energético y militar.
Francia constituye un ejemplo expresivo de esta contradicción. Al mismo tiempo que manifiesta una importante vitalidad religiosa, experimenta tensiones sociales que, en determinadas circunstancias, desembocan en enfrentamientos violentos, incluso con la más que esperada participación de los Black Blocs. No pocos observadores los consideran grupos paramilitares deliberadamente financiados y entrenados siguiendo el modelo de las redes de la Operación Gladio de la OTAN, de las décadas de 1970 y 1980, específicamente para infiltrarse en protestas populares legítimas y provocar tensiones sociales y políticas, con el propósito de justificar duras medidas represivas por parte de los gobiernos de los países afectados.
Los gobiernos europeos deberían reconocer los riesgos de una creciente ruptura entre las instituciones y las aspiraciones de sus poblaciones. La incapacidad de responder a las reivindicaciones sociales legítimas puede favorecer procesos de radicalización, violencia y represión.
La renovación espiritual, por su parte, puede contribuir a la reconstrucción de la cohesión social, la solidaridad y la confianza, siempre que no se convierta en un instrumento de confrontación política. La visita de León XIV recuerda, sobre todo, que la Europa cristiana no desapareció con la secularización de sus instituciones políticas.
La Unión Europea no es Europa, así como el llamado «Occidente colectivo» no es la civilización occidental.
La gran encrucijada: guerra global u orden mundial cooperativo
No se trata, por tanto, de una discusión meramente académica sobre el significado histórico de Occidente.
La manera en que las grandes potencias comprenden su propia identidad civilizatoria y sus relaciones con los demás pueblos tiene consecuencias directas sobre la guerra, la paz y la organización de la economía mundial. Si prevalece la concepción según la cual la grandeza de una civilización se mide por su capacidad de dominar a otras, el surgimiento de un mundo multipolar podrá convertirse en una confrontación permanente entre centros rivales de poder. En ese escenario, el declive de la hegemonía angloamericana y el ascenso de las potencias euroasiáticas podrían conducir, no a un orden internacional más justo, sino a una guerra global de consecuencias potencialmente devastadoras.
La alternativa consiste en superar el propio principio de la hegemonía como fundamento de las relaciones internacionales.
El Derecho Natural y la Doctrina Social de la Iglesia ofrecen principios para concebir una comunidad de naciones plenamente soberanas, orientadas hacia el desarrollo integral de sus pueblos, dentro de un orden jurídico internacional legítimo y cooperativo. La recuperación de las raíces cristianas de la civilización occidental no debe representar la restauración de una supremacía imperial, sino la reafirmación de su contribución universal a la dignidad humana, la justicia y el Bien Común.
El mismo principio debe orientar a las potencias euroasiáticas: ninguna civilización tiene derecho a imponer unilateralmente sus intereses al conjunto de la humanidad. La crisis contemporánea es, en última instancia, espiritual, porque afecta a los propios fundamentos morales que deberían orientar el ejercicio del poder.
Superarla exige recuperar la lección que Sócrates opuso a Trasímaco: la justicia no puede reducirse a la conveniencia del más fuerte.
Entre la confrontación que puede conducir a una guerra global y el entendimiento que permita establecer un orden mundial cooperativo, fundamentado en el Derecho Natural y en la dignidad de las naciones, se encuentra la gran encrucijada de nuestro tiempo.
Y es en esa encrucijada, no en la disputa por la supremacía entre Occidente y Oriente, donde se juega el verdadero destino de la civilización.


