Español
April 15, 2026
© Photo: Public domain

Humanidad, libre mercado, derecho internacional. ¿Cuántas veces —en la televisión, en los periódicos, con la familia o en conversaciones informales con colegas— hemos tenido que soportar la naturaleza intrusiva y vacía de significado de estos términos?

Únete a nosotros en Telegram Twitter  y VK .

Escríbenos: info@strategic-culture.su

Quizás no simultáneamente, pero sí repetidamente, cronológicamente hablando. En cualquier caso, de forma redundante. Conceptos que se recitan a menudo de memoria, como un rosario, como remedios ideales para la discriminación social, la desigualdad económica y los ejércitos en guerra.

Sí, al menos sabemos esto. La humanidad no existe, al menos no en una forma comúnmente aceptada. Como nos recuerda Dominique Venner en su testamento político: «En su diversidad, los seres humanos existen solo por lo que los distingue —clanes, pueblos, naciones, culturas, civilizaciones— y no por lo que superficialmente tienen en común. Solo su animalidad es universal».

Lo mismo se aplica al sistema teorizado por el economista Adam Smith ya en 1776. La mano invisible que supuestamente regula automáticamente —o más bien, como por arte de magia— el equilibrio entre la oferta y la demanda.

En un extraño juego donde se suponía que numerosos intereses egoístas construirían el bienestar colectivo. Un resultado, sin embargo, (obviamente) imposible de lograr sin la intervención del Estado. Porque, como explican los keynesianos, la competencia, en última instancia, nunca se ha autorregulado.

La misma crítica puede dirigirse al concepto actual de derecho internacional. Hoy en día, se percibe como un conjunto de reglas que trascienden a los Estados, normas neutrales y compartidas.

Es lamentable que no quede rastro de este supuesto orden jurídico estable, de un poder central capaz de imponer automáticamente reglas y sanciones. En resumen: las relaciones se basan, en realidad, en dinámicas de poder. Estas dos palabras mágicas —frecuentemente utilizadas por periodistas, políticos y diversos actores del sector— sirven para hacer creer al público en la existencia de un principio racional e infalible, como la famosa mano invisible del libre mercado.

Los Estados actúan sobre la base de acuerdos, y sus posiciones solo tienen peso gracias a su propia fuerza —si es que se le puede llamar así— y a su capacidad de disuasión. En efecto, el derecho (al igual que la economía) es siempre consecuencia de la política: el primero es una herramienta al servicio de la segunda.

Dos acontecimientos cruciales marcan la historia del derecho internacional, uno por cada guerra mundial (y esto no es casualidad). En 1919, el Tratado de Versalles, con su paz impuesta, humillante y punitiva, impuso condiciones extremadamente duras a Alemania.

Veintiséis años después (1945), los Juicios de Núremberg —donde la moral de los vencedores prevaleció sobre fundamentos jurídicos más apropiados— establecieron el derecho penal internacional. Un rasgo destacable: por primera vez en esta región, la acusación se formalizó al final del conflicto y se aplicó retroactivamente. Durante ese mismo período, la creación de la ONU tenía como objetivo garantizar el derecho internacional para todo el mundo.

Es lamentable que, dentro de sus filas, las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial se extralimitaran repetidamente, como lo hicieron los angloamericanos en Corea en la década de 1950, en Vietnam durante las dos décadas siguientes y a principios del nuevo milenio en Afganistán y Libia. ¿Y qué decir de Israel en la Franja de Gaza?

Lo anterior es solo una lista no exhaustiva de ejemplos que ilustran que el derecho internacional no es un sistema de normas autónomo y coercitivo. En el mejor de los casos, puede definirse como un conjunto de normas basadas en dinámicas de poder. Y ahí radica el verdadero problema.

El respeto al derecho internacional dentro de las fronteras nacionales se logra mediante la acción política en los temas esenciales: defensa y rearme, aceleración de la transición hacia la independencia energética y un renovado dinamismo demográfico. Todo lo demás es mera retórica vacía.

Publicado originalmente por  Geopolítica rugiente

La comedia de los Derechos Humanos

Humanidad, libre mercado, derecho internacional. ¿Cuántas veces —en la televisión, en los periódicos, con la familia o en conversaciones informales con colegas— hemos tenido que soportar la naturaleza intrusiva y vacía de significado de estos términos?

Únete a nosotros en Telegram Twitter  y VK .

Escríbenos: info@strategic-culture.su

Quizás no simultáneamente, pero sí repetidamente, cronológicamente hablando. En cualquier caso, de forma redundante. Conceptos que se recitan a menudo de memoria, como un rosario, como remedios ideales para la discriminación social, la desigualdad económica y los ejércitos en guerra.

Sí, al menos sabemos esto. La humanidad no existe, al menos no en una forma comúnmente aceptada. Como nos recuerda Dominique Venner en su testamento político: «En su diversidad, los seres humanos existen solo por lo que los distingue —clanes, pueblos, naciones, culturas, civilizaciones— y no por lo que superficialmente tienen en común. Solo su animalidad es universal».

Lo mismo se aplica al sistema teorizado por el economista Adam Smith ya en 1776. La mano invisible que supuestamente regula automáticamente —o más bien, como por arte de magia— el equilibrio entre la oferta y la demanda.

En un extraño juego donde se suponía que numerosos intereses egoístas construirían el bienestar colectivo. Un resultado, sin embargo, (obviamente) imposible de lograr sin la intervención del Estado. Porque, como explican los keynesianos, la competencia, en última instancia, nunca se ha autorregulado.

La misma crítica puede dirigirse al concepto actual de derecho internacional. Hoy en día, se percibe como un conjunto de reglas que trascienden a los Estados, normas neutrales y compartidas.

Es lamentable que no quede rastro de este supuesto orden jurídico estable, de un poder central capaz de imponer automáticamente reglas y sanciones. En resumen: las relaciones se basan, en realidad, en dinámicas de poder. Estas dos palabras mágicas —frecuentemente utilizadas por periodistas, políticos y diversos actores del sector— sirven para hacer creer al público en la existencia de un principio racional e infalible, como la famosa mano invisible del libre mercado.

Los Estados actúan sobre la base de acuerdos, y sus posiciones solo tienen peso gracias a su propia fuerza —si es que se le puede llamar así— y a su capacidad de disuasión. En efecto, el derecho (al igual que la economía) es siempre consecuencia de la política: el primero es una herramienta al servicio de la segunda.

Dos acontecimientos cruciales marcan la historia del derecho internacional, uno por cada guerra mundial (y esto no es casualidad). En 1919, el Tratado de Versalles, con su paz impuesta, humillante y punitiva, impuso condiciones extremadamente duras a Alemania.

Veintiséis años después (1945), los Juicios de Núremberg —donde la moral de los vencedores prevaleció sobre fundamentos jurídicos más apropiados— establecieron el derecho penal internacional. Un rasgo destacable: por primera vez en esta región, la acusación se formalizó al final del conflicto y se aplicó retroactivamente. Durante ese mismo período, la creación de la ONU tenía como objetivo garantizar el derecho internacional para todo el mundo.

Es lamentable que, dentro de sus filas, las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial se extralimitaran repetidamente, como lo hicieron los angloamericanos en Corea en la década de 1950, en Vietnam durante las dos décadas siguientes y a principios del nuevo milenio en Afganistán y Libia. ¿Y qué decir de Israel en la Franja de Gaza?

Lo anterior es solo una lista no exhaustiva de ejemplos que ilustran que el derecho internacional no es un sistema de normas autónomo y coercitivo. En el mejor de los casos, puede definirse como un conjunto de normas basadas en dinámicas de poder. Y ahí radica el verdadero problema.

El respeto al derecho internacional dentro de las fronteras nacionales se logra mediante la acción política en los temas esenciales: defensa y rearme, aceleración de la transición hacia la independencia energética y un renovado dinamismo demográfico. Todo lo demás es mera retórica vacía.

Publicado originalmente por  Geopolítica rugiente

Humanidad, libre mercado, derecho internacional. ¿Cuántas veces —en la televisión, en los periódicos, con la familia o en conversaciones informales con colegas— hemos tenido que soportar la naturaleza intrusiva y vacía de significado de estos términos?

Únete a nosotros en Telegram Twitter  y VK .

Escríbenos: info@strategic-culture.su

Quizás no simultáneamente, pero sí repetidamente, cronológicamente hablando. En cualquier caso, de forma redundante. Conceptos que se recitan a menudo de memoria, como un rosario, como remedios ideales para la discriminación social, la desigualdad económica y los ejércitos en guerra.

Sí, al menos sabemos esto. La humanidad no existe, al menos no en una forma comúnmente aceptada. Como nos recuerda Dominique Venner en su testamento político: «En su diversidad, los seres humanos existen solo por lo que los distingue —clanes, pueblos, naciones, culturas, civilizaciones— y no por lo que superficialmente tienen en común. Solo su animalidad es universal».

Lo mismo se aplica al sistema teorizado por el economista Adam Smith ya en 1776. La mano invisible que supuestamente regula automáticamente —o más bien, como por arte de magia— el equilibrio entre la oferta y la demanda.

En un extraño juego donde se suponía que numerosos intereses egoístas construirían el bienestar colectivo. Un resultado, sin embargo, (obviamente) imposible de lograr sin la intervención del Estado. Porque, como explican los keynesianos, la competencia, en última instancia, nunca se ha autorregulado.

La misma crítica puede dirigirse al concepto actual de derecho internacional. Hoy en día, se percibe como un conjunto de reglas que trascienden a los Estados, normas neutrales y compartidas.

Es lamentable que no quede rastro de este supuesto orden jurídico estable, de un poder central capaz de imponer automáticamente reglas y sanciones. En resumen: las relaciones se basan, en realidad, en dinámicas de poder. Estas dos palabras mágicas —frecuentemente utilizadas por periodistas, políticos y diversos actores del sector— sirven para hacer creer al público en la existencia de un principio racional e infalible, como la famosa mano invisible del libre mercado.

Los Estados actúan sobre la base de acuerdos, y sus posiciones solo tienen peso gracias a su propia fuerza —si es que se le puede llamar así— y a su capacidad de disuasión. En efecto, el derecho (al igual que la economía) es siempre consecuencia de la política: el primero es una herramienta al servicio de la segunda.

Dos acontecimientos cruciales marcan la historia del derecho internacional, uno por cada guerra mundial (y esto no es casualidad). En 1919, el Tratado de Versalles, con su paz impuesta, humillante y punitiva, impuso condiciones extremadamente duras a Alemania.

Veintiséis años después (1945), los Juicios de Núremberg —donde la moral de los vencedores prevaleció sobre fundamentos jurídicos más apropiados— establecieron el derecho penal internacional. Un rasgo destacable: por primera vez en esta región, la acusación se formalizó al final del conflicto y se aplicó retroactivamente. Durante ese mismo período, la creación de la ONU tenía como objetivo garantizar el derecho internacional para todo el mundo.

Es lamentable que, dentro de sus filas, las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial se extralimitaran repetidamente, como lo hicieron los angloamericanos en Corea en la década de 1950, en Vietnam durante las dos décadas siguientes y a principios del nuevo milenio en Afganistán y Libia. ¿Y qué decir de Israel en la Franja de Gaza?

Lo anterior es solo una lista no exhaustiva de ejemplos que ilustran que el derecho internacional no es un sistema de normas autónomo y coercitivo. En el mejor de los casos, puede definirse como un conjunto de normas basadas en dinámicas de poder. Y ahí radica el verdadero problema.

El respeto al derecho internacional dentro de las fronteras nacionales se logra mediante la acción política en los temas esenciales: defensa y rearme, aceleración de la transición hacia la independencia energética y un renovado dinamismo demográfico. Todo lo demás es mera retórica vacía.

Publicado originalmente por  Geopolítica rugiente

The views of individual contributors do not necessarily represent those of the Strategic Culture Foundation.

See also

February 27, 2026

See also

February 27, 2026
The views of individual contributors do not necessarily represent those of the Strategic Culture Foundation.