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March 4, 2026
© Photo: Public domain

La visión simplista llevó a un número de formuladores e implementadores del enfoque antiiraní a creer que, con la eliminación física del último líder supremo de Irán, Alí Jameneí, se produciría automáticamente la caída del sistema de poder imperante en dicha nación y que el pueblo, por arte de magia, o por videos de Tiktok y X hechos por iraníes liberales con doble ciudadanía, adoptaría una reacción levantisca.

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Escríbenos: info@strategic-culture.su

La obsesión por cumplir aquí y ahora los objetivos existenciales -confesos y no confesos-, por los actuales decisores de Tel Aviv y Washington, enturbia su entendimiento, específicamente, el de Trump.

Después de los sucesos del mes de enero, los organismos de seguridad iraníes plantearon disposiciones para impedir que cualquier maniobra de impulso de manifestaciones sociales o separatismos geográficos prosperaran para desunir el país y destruir al sistema.

Por ello, el sábado 28 de febrero, estaban listos para controlar las calles y contener la ofensiva de grupos separatistas, infiltrándose en los ámbitos de protesta, controlando sus comunicaciones internas y acumulando personal y equipamiento armamentístico en las áreas de los separatistas. Aparte, de que los agentes del orden se vistieron de civil y pululaban en las grandes ciudades de la nación.

El Trump de este mes de marzo es una figura que, junto con el declive de su biología personal, está acabando con su construcción de relaciones públicas e histórica de una década y está acumulando el pitorreo de los integrantes sensatos y prudentes del orden global.

Trump no se está hundiendo en el pantano globalista, se está autolesionando severa y geopolíticamente, mientras aumentan las suspicacias sobre una posible sustitución por J.D. Vance, vicepresidente, que tiene diferencias clánicas y de perspectivas con el dúo Rubio-Ratcliffe y ante quien el jefe de la diplomacia omaní procuró influir, con información veraz y una argumentación coherente, para paralizar la operación bélica.

Los primeros tres días de guerra contra Irán dejan la impresión de que el Pentágono tiene un cierto desorden respecto a un plan consistente y que, por más fuerza temible que posea, los iraníes actúan sólidamente con una administración de guerra firme y con estándares que fueron prefijados por Jameneí que había preparado la humillación histórica para los Estados Unidos y su consiguiente expulsión regional.

A pesar de que circuló, durante el primer lunes de marzo, que el centro militar estadounidense daría, entre los días 3, 4 y 5 de marzo, un golpe mortífero y de proporciones diluviales contra la fortaleza militar de Irán, achicando esencialmente su capacidad de producir daños, algunos analistas que siguen muy de cerca, y minuto a minuto, los desarrollos del panorama completo, ignoraron tal material promocional.

Por estas horas se está aceptando, aunque débilmente, que la Inteligencia Artificial, utilizada por el Pentágono para asesinar a Jamení, funcionarios militares, civiles y arrodillar a los iraníes, no fue tan exacta como absurdamente la promovieron durante el fin de semana pasado.

Quienes crean que el Pentágono y Trump reconocerán públicamente la cantidad real de bajas estadounidenses que están teniendo, ven mucho Hollywood.

Quienes crean que Israel admitirá abiertamente que Irán logró incapacitar algunas herramientas militares israelíes, leen mucho la Biblia al revés.

Quienes, en el campo iraní, dirigen la guerra -y con ellos, los otros sectores que los apoyan- tienen lo vital de lo que carece el liderazgo estadounidense: la convicción ideológica basada en lo sobrenatural y que es deshonroso y hasta una blasfemia -sostienen ellos- rendirse ante lo que ellos llaman Gran Satán.

No obstante, ello no conlleva que Ari Larijani y los grupos que hoy gestionan la guerra -por orden espiritual y ejecutiva dada por Jameneí- estén dispuestos a hacer del mundo un infierno o que el mundo entre en una tercera o centésima guerra mundial.

Y Trump tampoco quiere personalmente una guerra mundial.

En cambio, sí la quieren quienes lo impulsaron a matar a Jameneí, creyendo que con el evento de guerra mundial (o regional) ellos saldrían indemnes o tendrán un bajo costo.

Bajo este marco, Netanyahu quiere adelantar, para junio o antes, las elecciones israelíes para ser reelegido, mientras Donald seguirá lidiando para no perder las elecciones de medio término, confiando en las estimaciones que indican que los ataques iraníes disminuirán en estos días.

Pero hasta ambas elecciones, pueden suceder, o no, muchas cosas.

No todo está escrito ni tampoco todo puede evitarse. Son sucesos de alto voltaje y el ritmo de velocidad lo dictan los protagonistas y no los analistas porque, tal y como lo señalamos el 24 de septiembre de 2025, cuando dijimos que la guerra en curso podría posponerse, debido a los esfuerzos interactivos de un conjunto de actores, pero también indicamos que: A la vez, también se acepta que todo puede adelantarse en los próximos cinco meses. Desde dicho artículo al presente, pasaron los sucesos de enero y el inicio de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel en, exactamente, 157 días, o un poco más que cinco meses.

Publicado originalmente por  Geopolítica rugiente
Irán: sin colapso sistémico, sin rebelión popular y sin intención propiciatoria de guerra mundial

La visión simplista llevó a un número de formuladores e implementadores del enfoque antiiraní a creer que, con la eliminación física del último líder supremo de Irán, Alí Jameneí, se produciría automáticamente la caída del sistema de poder imperante en dicha nación y que el pueblo, por arte de magia, o por videos de Tiktok y X hechos por iraníes liberales con doble ciudadanía, adoptaría una reacción levantisca.

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La obsesión por cumplir aquí y ahora los objetivos existenciales -confesos y no confesos-, por los actuales decisores de Tel Aviv y Washington, enturbia su entendimiento, específicamente, el de Trump.

Después de los sucesos del mes de enero, los organismos de seguridad iraníes plantearon disposiciones para impedir que cualquier maniobra de impulso de manifestaciones sociales o separatismos geográficos prosperaran para desunir el país y destruir al sistema.

Por ello, el sábado 28 de febrero, estaban listos para controlar las calles y contener la ofensiva de grupos separatistas, infiltrándose en los ámbitos de protesta, controlando sus comunicaciones internas y acumulando personal y equipamiento armamentístico en las áreas de los separatistas. Aparte, de que los agentes del orden se vistieron de civil y pululaban en las grandes ciudades de la nación.

El Trump de este mes de marzo es una figura que, junto con el declive de su biología personal, está acabando con su construcción de relaciones públicas e histórica de una década y está acumulando el pitorreo de los integrantes sensatos y prudentes del orden global.

Trump no se está hundiendo en el pantano globalista, se está autolesionando severa y geopolíticamente, mientras aumentan las suspicacias sobre una posible sustitución por J.D. Vance, vicepresidente, que tiene diferencias clánicas y de perspectivas con el dúo Rubio-Ratcliffe y ante quien el jefe de la diplomacia omaní procuró influir, con información veraz y una argumentación coherente, para paralizar la operación bélica.

Los primeros tres días de guerra contra Irán dejan la impresión de que el Pentágono tiene un cierto desorden respecto a un plan consistente y que, por más fuerza temible que posea, los iraníes actúan sólidamente con una administración de guerra firme y con estándares que fueron prefijados por Jameneí que había preparado la humillación histórica para los Estados Unidos y su consiguiente expulsión regional.

A pesar de que circuló, durante el primer lunes de marzo, que el centro militar estadounidense daría, entre los días 3, 4 y 5 de marzo, un golpe mortífero y de proporciones diluviales contra la fortaleza militar de Irán, achicando esencialmente su capacidad de producir daños, algunos analistas que siguen muy de cerca, y minuto a minuto, los desarrollos del panorama completo, ignoraron tal material promocional.

Por estas horas se está aceptando, aunque débilmente, que la Inteligencia Artificial, utilizada por el Pentágono para asesinar a Jamení, funcionarios militares, civiles y arrodillar a los iraníes, no fue tan exacta como absurdamente la promovieron durante el fin de semana pasado.

Quienes crean que el Pentágono y Trump reconocerán públicamente la cantidad real de bajas estadounidenses que están teniendo, ven mucho Hollywood.

Quienes crean que Israel admitirá abiertamente que Irán logró incapacitar algunas herramientas militares israelíes, leen mucho la Biblia al revés.

Quienes, en el campo iraní, dirigen la guerra -y con ellos, los otros sectores que los apoyan- tienen lo vital de lo que carece el liderazgo estadounidense: la convicción ideológica basada en lo sobrenatural y que es deshonroso y hasta una blasfemia -sostienen ellos- rendirse ante lo que ellos llaman Gran Satán.

No obstante, ello no conlleva que Ari Larijani y los grupos que hoy gestionan la guerra -por orden espiritual y ejecutiva dada por Jameneí- estén dispuestos a hacer del mundo un infierno o que el mundo entre en una tercera o centésima guerra mundial.

Y Trump tampoco quiere personalmente una guerra mundial.

En cambio, sí la quieren quienes lo impulsaron a matar a Jameneí, creyendo que con el evento de guerra mundial (o regional) ellos saldrían indemnes o tendrán un bajo costo.

Bajo este marco, Netanyahu quiere adelantar, para junio o antes, las elecciones israelíes para ser reelegido, mientras Donald seguirá lidiando para no perder las elecciones de medio término, confiando en las estimaciones que indican que los ataques iraníes disminuirán en estos días.

Pero hasta ambas elecciones, pueden suceder, o no, muchas cosas.

No todo está escrito ni tampoco todo puede evitarse. Son sucesos de alto voltaje y el ritmo de velocidad lo dictan los protagonistas y no los analistas porque, tal y como lo señalamos el 24 de septiembre de 2025, cuando dijimos que la guerra en curso podría posponerse, debido a los esfuerzos interactivos de un conjunto de actores, pero también indicamos que: A la vez, también se acepta que todo puede adelantarse en los próximos cinco meses. Desde dicho artículo al presente, pasaron los sucesos de enero y el inicio de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel en, exactamente, 157 días, o un poco más que cinco meses.

Publicado originalmente por  Geopolítica rugiente

La visión simplista llevó a un número de formuladores e implementadores del enfoque antiiraní a creer que, con la eliminación física del último líder supremo de Irán, Alí Jameneí, se produciría automáticamente la caída del sistema de poder imperante en dicha nación y que el pueblo, por arte de magia, o por videos de Tiktok y X hechos por iraníes liberales con doble ciudadanía, adoptaría una reacción levantisca.

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La obsesión por cumplir aquí y ahora los objetivos existenciales -confesos y no confesos-, por los actuales decisores de Tel Aviv y Washington, enturbia su entendimiento, específicamente, el de Trump.

Después de los sucesos del mes de enero, los organismos de seguridad iraníes plantearon disposiciones para impedir que cualquier maniobra de impulso de manifestaciones sociales o separatismos geográficos prosperaran para desunir el país y destruir al sistema.

Por ello, el sábado 28 de febrero, estaban listos para controlar las calles y contener la ofensiva de grupos separatistas, infiltrándose en los ámbitos de protesta, controlando sus comunicaciones internas y acumulando personal y equipamiento armamentístico en las áreas de los separatistas. Aparte, de que los agentes del orden se vistieron de civil y pululaban en las grandes ciudades de la nación.

El Trump de este mes de marzo es una figura que, junto con el declive de su biología personal, está acabando con su construcción de relaciones públicas e histórica de una década y está acumulando el pitorreo de los integrantes sensatos y prudentes del orden global.

Trump no se está hundiendo en el pantano globalista, se está autolesionando severa y geopolíticamente, mientras aumentan las suspicacias sobre una posible sustitución por J.D. Vance, vicepresidente, que tiene diferencias clánicas y de perspectivas con el dúo Rubio-Ratcliffe y ante quien el jefe de la diplomacia omaní procuró influir, con información veraz y una argumentación coherente, para paralizar la operación bélica.

Los primeros tres días de guerra contra Irán dejan la impresión de que el Pentágono tiene un cierto desorden respecto a un plan consistente y que, por más fuerza temible que posea, los iraníes actúan sólidamente con una administración de guerra firme y con estándares que fueron prefijados por Jameneí que había preparado la humillación histórica para los Estados Unidos y su consiguiente expulsión regional.

A pesar de que circuló, durante el primer lunes de marzo, que el centro militar estadounidense daría, entre los días 3, 4 y 5 de marzo, un golpe mortífero y de proporciones diluviales contra la fortaleza militar de Irán, achicando esencialmente su capacidad de producir daños, algunos analistas que siguen muy de cerca, y minuto a minuto, los desarrollos del panorama completo, ignoraron tal material promocional.

Por estas horas se está aceptando, aunque débilmente, que la Inteligencia Artificial, utilizada por el Pentágono para asesinar a Jamení, funcionarios militares, civiles y arrodillar a los iraníes, no fue tan exacta como absurdamente la promovieron durante el fin de semana pasado.

Quienes crean que el Pentágono y Trump reconocerán públicamente la cantidad real de bajas estadounidenses que están teniendo, ven mucho Hollywood.

Quienes crean que Israel admitirá abiertamente que Irán logró incapacitar algunas herramientas militares israelíes, leen mucho la Biblia al revés.

Quienes, en el campo iraní, dirigen la guerra -y con ellos, los otros sectores que los apoyan- tienen lo vital de lo que carece el liderazgo estadounidense: la convicción ideológica basada en lo sobrenatural y que es deshonroso y hasta una blasfemia -sostienen ellos- rendirse ante lo que ellos llaman Gran Satán.

No obstante, ello no conlleva que Ari Larijani y los grupos que hoy gestionan la guerra -por orden espiritual y ejecutiva dada por Jameneí- estén dispuestos a hacer del mundo un infierno o que el mundo entre en una tercera o centésima guerra mundial.

Y Trump tampoco quiere personalmente una guerra mundial.

En cambio, sí la quieren quienes lo impulsaron a matar a Jameneí, creyendo que con el evento de guerra mundial (o regional) ellos saldrían indemnes o tendrán un bajo costo.

Bajo este marco, Netanyahu quiere adelantar, para junio o antes, las elecciones israelíes para ser reelegido, mientras Donald seguirá lidiando para no perder las elecciones de medio término, confiando en las estimaciones que indican que los ataques iraníes disminuirán en estos días.

Pero hasta ambas elecciones, pueden suceder, o no, muchas cosas.

No todo está escrito ni tampoco todo puede evitarse. Son sucesos de alto voltaje y el ritmo de velocidad lo dictan los protagonistas y no los analistas porque, tal y como lo señalamos el 24 de septiembre de 2025, cuando dijimos que la guerra en curso podría posponerse, debido a los esfuerzos interactivos de un conjunto de actores, pero también indicamos que: A la vez, también se acepta que todo puede adelantarse en los próximos cinco meses. Desde dicho artículo al presente, pasaron los sucesos de enero y el inicio de la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel en, exactamente, 157 días, o un poco más que cinco meses.

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The views of individual contributors do not necessarily represent those of the Strategic Culture Foundation.

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