Alain DE BENOIST
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Los recientes acontecimientos en Venezuela han sido comentados de manera puramente partidista. Quienes detestan a Nicolás Maduro aplaudieron su secuestro, quienes lo aprecian clamaron al escándalo. Dos formas igualmente detestables de pasar por alto lo esencial. Lo esencial, en efecto, no es saber si Maduro es un «buen tipo» o un horrible dictador, sino comprender que con este secuestro hemos entrado definitivamente en una nueva era: aquella en la que la soberanía de los Estados ya no es reconocida por la potencia dominante.
El secuestro de Maduro tuvo lugar el 3 de enero, treinta y seis años después del del presidente panameño (y exinformante de la CIA) Manuel Noriega. Pero también, un mes después de que el propio Donald Trump concediera el indulto al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en 2024 a cuarenta y cinco años de prisión por narcotráfico por un tribunal de Nueva York. Donald Trump decidió esta intervención militar, llamada “Absolute Revolve”, (Operación Resolución Absoluta) sin tener en cuenta el derecho internacional (del que, sin duda, se ha abusado mucho durante décadas) y sin siquiera consultar al Congreso, como le exigía la Constitución en principio. Esto le permitió llevar a cabo el secuestro del presidente en ejercicio de un estado soberano.
La verdadera lección de este secuestro es que Washington ahora se atribuye el derecho a actuar unilateralmente donde le plazca, incluso contra estados soberanos o países aliados. Desde su fundación, las Naciones Unidas se han definido como una «liga de estados soberanos». Si ya no hay estados soberanos, ya no tiene razón de existir.
En un análisis más detallado, esto también constituye un golpe a la democracia, ya que esta se basa en la soberanía popular: Venezuela no pertenece ni a Trump ni a Maduro, sino, ante todo, al pueblo venezolano. Trump no ha convocado nuevas elecciones en Venezuela, sino que ha optado por anunciar a los venezolanos que, a partir de ahora, él será quien gobierne su país.
Los partidarios europeos de Trump son, en general, soberanistas. De ahora en adelante, tendrán que conformarse con un presidente que, en materia de soberanía, solo reconoce la suya. Mientras los partidos populistas italianos y españoles celebraron abiertamente la destitución de Maduro, solo Marine Le Pen tuvo el valor de declarar:
Hay una razón fundamental para oponerse al cambio de régimen que USA acaba de instaurar en Venezuela. La soberanía de los Estados nunca es negociable, independientemente de su tamaño, poder o continente. Es inviolable y sagrada. Renunciar a este principio hoy por Venezuela, o por cualquier Estado, equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre mañana.
La coartada y excusa del “narcoterrorismo”
La acusación de que Maduro es uno de los líderes del narcoterrorismo no ha convencido a nadie: Venezuela no produce cocaína y ningún país latinoamericano produce fentanilo. La acusación de que es el líder de un supuesto “Cártel de los Soles” fue retirada discretamente tras su imputación. Para explicar el secuestro de Maduro, el embajador estadounidense ante la ONU invocó otra razón: USA, simplemente afirma, “¡no puede tener adversarios que controlen las mayores reservas de petróleo del mundo!”.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo (303 mil millones de barriles, equivalentes al 17% del total mundial). Su explotación se encuentra, sin duda, en un estado deplorable, ya que los precios mundiales actuales no hacen rentable ni la extracción ni la refinación. Sin embargo, una infraestructura petrolera puede reconstruirse cuando se tiene acceso a ella. Si bien USA es autosuficiente en este sector, el control estratégico del petróleo venezolano es de vital importancia. Más aun considerando que China ha sido el principal comprador de petróleo venezolano (entre el 55% y el 90%, según el mes).
La destitución de Maduro demuestra, sobre todo, que la política de Donald Trump no es aislacionista. El aislacionismo en EEUU tiene su origen en el famoso discurso de George Washington de 1796, al dejar el cargo, en el que instaba a los estadounidenses a «no participar en ningún tipo de alianzas permanentes (no alianzas que involucren) con ningún país extranjero».
Nuestra gran regla de conducta hacia las naciones extranjeras es mantener la menor conexión política posible con ellas, a la vez que desarrollamos nuestras relaciones comerciales […]. Europa tiene una serie de intereses fundamentales que no nos importan mucho […]. Por lo tanto, sería una insensatez por nuestra parte comprometernos con vínculos artificiales para participar en las vicisitudes de su política o en las múltiples combinaciones generadas por sus alianzas y enemistades.
Trump no comparte en absoluto esta postura. Lo que extrae del discurso de Washington es que USA no debería entablar alianzas que no le beneficien.
Esto no es ninguna novedad. USA lleva mucho tiempo acostumbrado a intervenir en los asuntos mundiales. Desde 1947, ha participado en más de 70 cambios de régimen, ¡en flagrante violación del derecho internacional! Pascal dijo que la fuerza sin ley es injusta, pero la ley sin la fuerza necesaria para establecerla y aplicarla es solo un espejismo o una ilusión.
Trump es intervencionista, como lo fueron casi todos sus predecesores, pero de una manera nueva. Por un lado, quiere limitarse a intervenciones rápidas (unas semanas para Irán, unas horas para Maduro), sabiendo que su base electoral no aceptará una intervención prolongada como la de Vietnam o Afganistán. Por otro lado, y sobre todo, abandona sin escrúpulos la fachada ideológica o moral a la que los estadounidenses estaban acostumbrados hasta ahora. Abandonando toda hipocresía, no pretende luchar por imponer la “democracia liberal y la libertad”(freedom and democracy). Y sin preocuparse por la justificación ideológica o moral, reivindica un derecho casi soberano sobre el destino político de todos los estados que no le gustan.
Trump anunció que USA ahora “gobernará” Venezuela. No especificó cómo (¿Marco Rubio como gobernador?). A corto plazo, el secuestro de Maduro sienta un precedente que China podría explotar al invadir Taiwán y que Putin podría usar para ridiculizar las afirmaciones de Occidente de sermonearlo sobre el respeto a las fronteras. En Kiev, Zelenski ya le ha sugerido a Trump que secuestre al presidente checheno.
Esta táctica se ajusta perfectamente a las directrices de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional (National Security Strategy) publicada por la Casa Blanca el 5 de diciembre. USA declara sin vacilar que el hemisferio occidental es ahora su zona exclusiva de influencia, su feudo. Las redes de alianzas y aliados de EEUU se mencionan en la sección “¿Cuáles son los medios disponibles de USA para lograr lo que queremos?”, que tiene el mérito de ser clara. Las palabras de Stephen Miller, asesor político de Trump, para justificar la intervención estadounidense en Caracas son reveladoras: «Vivimos en el mundo real, un mundo regido por la fuerza, el poder y la autoridad». Lo que significa claramente que los derechos humanos, las consideraciones morales y el Estado de derecho no pertenecen al «mundo real»
¡Los negocios primero!
Trump piensa como un hombre de negocios, en términos de acuerdos y ganancias. Abandonando incluso la doctrina del libre comercio, utiliza las aduanas y los aranceles como instrumentos de política y geoestrategia. En todos los sectores, USA adopta ahora un enfoque realista brutal: solo cuenta el equilibrio de poder. Podría llamarse la «ley del más fuerte» o la «ley de la selva», o incluso un retorno al «estado de naturaleza» concebido por Thomas Hobbes. Pero también cabe preguntarse si este cambio radical marca simplemente el regreso a una concepción realista de la política, cuyo motor y sello distintivo siempre ha sido la enemistad.
El cambio fundamental, por lo tanto, es el siguiente: Washington aún desea poder intervenir en cualquier parte del mundo que desee, pero ya no pretende actuar como garante de un orden regulador universal. Ya no actúa como defensor del orden internacional liberal establecido después de 1945, sino solo de acuerdo con sus propios intereses nacionales y regionales. Sin importar las fronteras y los estados amigos o aliados, solo importan los intereses de EEUU. Como escribió el exsecretario de Estado Pierre Lellouche: «Esta América ha abdicado voluntariamente de su papel como líder del ‘mundo libre’ y, más aún, como garante de un orden internacional basado en normas. Lo que importa son sus intereses». En este contexto, el derecho internacional es solo una herramienta más, como el dólar o la extraterritorialidad del derecho estadounidense.
¿Quién será el siguiente? ¿La próxima intervención estadounidense se centrará en Irán, Cuba, Groenlandia, Colombia o México? Groenlandia es un territorio constituyente del Reino de Dinamarca (¡ya lo era antes de que EEUU declarara su independencia!). Oculta 1,5 millones de toneladas de tierras raras (en comparación con los 2 millones de USA). Además de su evidente interés geoestratégico, su anexión por parte de Washington permitiría a USA convertirse en el país más poblado del planeta (22 millones de km², frente a los 17 millones de Rusia y los 9,5 millones de China). ¿Por qué Groenlandia? La respuesta de Trump: «Porque Estados Unidos la necesita». Así de simple. Dinamarca también es miembro de la OTAN. ¿Y qué?
Trump ya habla de “mi hemisferio” como diría “mi esposa” o “mi auto”. Para reclamar todos los derechos en los países latinoamericanos, que considera su patio trasero, invoca la famosa “Doctrina Monroe”. Pero su interpretación no se corresponde con la realidad histórica.
Una “Doctrina Monroe” distorsionada
En su discurso del 2 de diciembre de 1823, el presidente James Monroe no pretendía otorgar a USA el derecho a intervenir a su antojo en el hemisferio occidental ni a interferir excesivamente en los asuntos de los países latinoamericanos. Su «doctrina» consistía simplemente en rechazar cualquier intervención europea en el continente americano. Se refería a los europeos cuando afirmó: «Como principio relativo a los derechos e intereses de los EEUU, el continente americano […] no puede ser considerado objeto de futura colonización por ninguna potencia europea».
Por eso Carl Schmitt se pronunció en su momento a favor de una «doctrina Monroe europea», que prohibiera a los países anglosajones cualquier presencia o intervención militar en el territorio europeo, incluidos los mares.
Ciertamente, no se puede reprochar a Trump que quiera defender ante todo los intereses de su país. Más bien deberíamos preguntarnos por qué los europeos no se preocupan primero por defender los suyos. La respuesta es sencilla. Dado que la construcción europea ha estado vinculada desde sus inicios al vínculo transatlántico, no logran comprender que Europa también podría construirse sin ellos.
El fracaso y renuncia de Europa
Los europeos insisten en que necesitan a USA y quieren seguir siendo aliados a toda costa, incluso cuando este último deja claro que no los necesita. Acostumbrados a comportarse como vasallos sumisos, el miedo los paraliza ante la idea de oponerse abiertamente a la Casa Blanca. Mientras presenciamos una histórica” disociación y desacoplamiento” dentro de la Alianza Atlántica, y se niegan a aprender de ella. Se aferran a Washington como un perro que exige negociar la longitud de su correa. En lugar de buscar los medios para convertirse en una potencia autónoma, están dispuestos a aceptar ser humillados como lo fue Ursula von der Leyen cuando visitó el club de golf privado de Trump en Escocia el 27 de julio y cedió sin protestar a sus exigencias sobre los aranceles impuestos a Europa.
Confiar en los estadounidenses para garantizar su defensa, algo que los europeos llevan décadas haciendo, ya implicaba una cesión de soberanía por su parte. Ahora que la garantía estadounidense ha desaparecido, lejos de querer recuperar su soberanía, redoblan sus esfuerzos para proclamarse vasallos más que nunca. Ya se trate de datos, inteligencia artificial, actualizaciones de software o medios de defensa, Europa sigue a merced de la buena voluntad estadounidense, justo cuando USA declara fríamente que ya no puede contar con ella para una protección que le cuesta demasiado. Invocan el derecho internacional, que prácticamente ha desaparecido. Hablan de solidaridad occidental mientras Occidente también ha desaparecido; insisten en permanecer en la OTAN mientras está a punto de desmoronarse. Sin comprender aún que el mundo (el Nomos de la Tierra) está cambiando, se aferran desesperadamente al viejo mundo que desaparece ante sus ojos.
En caso de anexión de Groenlandia, protestarán, pero se abstendrán de tomar represalias. Sin embargo, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, podría perfectamente, por ejemplo, revertir su reciente decisión de comprar aviones de combate estadounidenses F-35 en lugar de aviones europeos (cuando Francia expresó su sorpresa, ella respondió que su país siempre se sentiría más cerca de Washington que de París). Los europeos alzarán la voz y escupirán, pero nada más. Una vez más, serán inexistentes, por falta de medios y, sobre todo, por falta de voluntad.
Esto nos lleva de nuevo a la observación hecha hace más de 2.000 años por Tucídides:
«Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que tienen que sufrir». Hoy en día, los débiles son los europeos…
Publicado originalmente por Éléments
Traducción: InfoPosta

