La publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos muestra de manera descarnada que la ambición de Donald Trump de rediseñar el orden internacional a su medida ya no es una mera intuición de analistas o diplomáticos.
Ruth FERRERO-TURRION
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Lo que antes se manifestaba en discursos y declaraciones, ahora queda plasmado negro sobre blanco en un documento oficial que traza las líneas maestras de una política exterior estadounidense cuyo principal objetivo es alterar el equilibrio global construido tras la Segunda Guerra Mundial y acelerado tras el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, la reacción europea ha oscilado entre el silencio estratégico, la negación y los intentos dispersos de reposicionamiento político.
La estrategia estadounidense no deja lugar a interpretaciones benevolentes. La nueva Casa Blanca considera que el orden internacional vigente es un obstáculo para su ambición nacional y que Europa no es un aliado indispensable sino una región a gestionar según conveniencia. Esa visión, lejos de limitarse a una disputa diplomática, implica una remodelación profunda de la relación transatlántica. Si en el pasado Estados Unidos fue garante del sistema multilateral y sostén político de la integración europea, el documento confirma que esa etapa se ha cerrado de forma abrupta. La prioridad actual es reordenar alianzas, sancionar dependencias y favorecer dinámicas que permitan a Washington recuperar su primacía sin las ataduras de consensos colectivos.
El desconcierto de las élites europeas es evidente. Por ahora se observan dos grandes grupos de reacción. El primero es el de los negacionistas, aquellos que prefieren minimizar el alcance de la nueva doctrina estadounidense con la esperanza de que el marco transatlántico sobreviva al ciclo político actual. Este sector sostiene que el vínculo histórico con Estados Unidos es demasiado profundo como para verse alterado por un documento estratégico, y que es mejor no sobreactuar ante lo que podría ser un episodio pasajero. Se trata de una respuesta comprensible desde el punto de vista psicológico, pero poco útil desde el punto de vista político. Ignorar la realidad no la hace desaparecer.
El segundo grupo está formado por quienes ven en este momento una oportunidad para reorganizar el liderazgo europeo. Entienden que, si Estados Unidos se desentiende de la estabilidad global o la condiciona a sus propios intereses, Europa necesita rearmarse políticamente y recuperar capacidad de iniciativa. Este impulso se ha visto especialmente en las reacciones de Friedrich Merz y Emmanuel Macron, que, desde posiciones distintas, coinciden en un mismo objetivo: reactivar el eje franco-alemán como motor político de la Unión. La foto es familiar. Durante décadas, Berlín y París marcaron el ritmo de la integración. Sin embargo, ese motor lleva gripado demasiado tiempo, afectado por divergencias económicas, por proyectos nacionales incompatibles y por una falta evidente de sincronía estratégica.
Aun así, Merz y Macron parecen convencidos de que la crisis abierta por Estados Unidos puede servir para reconstruir ese liderazgo compartido. Ambos han intensificado discursos y gestos que apuntan a recuperar centralidad en el diseño de la política europea de seguridad, defensa e incluso industria. El problema es que el contexto ya no es el de hace veinte años. El eje franco-alemán compite ahora con otro motor mucho más poderoso a nivel ideológico, la alianza entre la derecha tradicional y la extrema derecha en varios países miembros. Este eje, basado en una narrativa nacionalista y antiintegración, cuenta con apoyo electoral creciente, con altavoces mediáticos potentes y, lo más relevante, con simpatías explícitas en la administración Trump.
El silencio institucional de Bruselas tras la publicación de la estrategia es, en este sentido, muy significativo. Refleja una combinación de desconcierto, prudencia y falta de una narrativa común. Aunque en declaraciones sueltas algunos líderes europeos han expresado preocupación, no existe una posición europea coordinada que articule una defensa clara de los valores que han sostenido el proyecto comunitario. Tampoco hay un consenso sobre cómo actuar si Estados Unidos decide profundizar su giro unilateralista. La UE se encuentra, así, en un momento de vulnerabilidad estratégica sin una hoja de ruta convincente.
Europa debe decidir si quiere seguir asumiendo el papel de espectadora o si está dispuesta a construir una respuesta autónoma que le permita defender sus intereses y su visión del mundo. Para ello necesita liderazgo, consenso y una narrativa clara, tres ingredientes que hoy escasean. También necesita reconocer que el eje franco-alemán, aunque útil, ya no basta para sostener el proyecto europeo. Es imprescindible sumar a otros actores, fortalecer las instituciones comunitarias y definir una estrategia común frente a un escenario internacional cada vez más hostil.

La publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos muestra de manera descarnada que la ambición de Donald Trump de rediseñar el orden internacional a su medida ya no es una mera intuición de analistas o diplomáticos.
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Lo que antes se manifestaba en discursos y declaraciones, ahora queda plasmado negro sobre blanco en un documento oficial que traza las líneas maestras de una política exterior estadounidense cuyo principal objetivo es alterar el equilibrio global construido tras la Segunda Guerra Mundial y acelerado tras el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, la reacción europea ha oscilado entre el silencio estratégico, la negación y los intentos dispersos de reposicionamiento político.
La estrategia estadounidense no deja lugar a interpretaciones benevolentes. La nueva Casa Blanca considera que el orden internacional vigente es un obstáculo para su ambición nacional y que Europa no es un aliado indispensable sino una región a gestionar según conveniencia. Esa visión, lejos de limitarse a una disputa diplomática, implica una remodelación profunda de la relación transatlántica. Si en el pasado Estados Unidos fue garante del sistema multilateral y sostén político de la integración europea, el documento confirma que esa etapa se ha cerrado de forma abrupta. La prioridad actual es reordenar alianzas, sancionar dependencias y favorecer dinámicas que permitan a Washington recuperar su primacía sin las ataduras de consensos colectivos.
El desconcierto de las élites europeas es evidente. Por ahora se observan dos grandes grupos de reacción. El primero es el de los negacionistas, aquellos que prefieren minimizar el alcance de la nueva doctrina estadounidense con la esperanza de que el marco transatlántico sobreviva al ciclo político actual. Este sector sostiene que el vínculo histórico con Estados Unidos es demasiado profundo como para verse alterado por un documento estratégico, y que es mejor no sobreactuar ante lo que podría ser un episodio pasajero. Se trata de una respuesta comprensible desde el punto de vista psicológico, pero poco útil desde el punto de vista político. Ignorar la realidad no la hace desaparecer.
El segundo grupo está formado por quienes ven en este momento una oportunidad para reorganizar el liderazgo europeo. Entienden que, si Estados Unidos se desentiende de la estabilidad global o la condiciona a sus propios intereses, Europa necesita rearmarse políticamente y recuperar capacidad de iniciativa. Este impulso se ha visto especialmente en las reacciones de Friedrich Merz y Emmanuel Macron, que, desde posiciones distintas, coinciden en un mismo objetivo: reactivar el eje franco-alemán como motor político de la Unión. La foto es familiar. Durante décadas, Berlín y París marcaron el ritmo de la integración. Sin embargo, ese motor lleva gripado demasiado tiempo, afectado por divergencias económicas, por proyectos nacionales incompatibles y por una falta evidente de sincronía estratégica.
Aun así, Merz y Macron parecen convencidos de que la crisis abierta por Estados Unidos puede servir para reconstruir ese liderazgo compartido. Ambos han intensificado discursos y gestos que apuntan a recuperar centralidad en el diseño de la política europea de seguridad, defensa e incluso industria. El problema es que el contexto ya no es el de hace veinte años. El eje franco-alemán compite ahora con otro motor mucho más poderoso a nivel ideológico, la alianza entre la derecha tradicional y la extrema derecha en varios países miembros. Este eje, basado en una narrativa nacionalista y antiintegración, cuenta con apoyo electoral creciente, con altavoces mediáticos potentes y, lo más relevante, con simpatías explícitas en la administración Trump.
El silencio institucional de Bruselas tras la publicación de la estrategia es, en este sentido, muy significativo. Refleja una combinación de desconcierto, prudencia y falta de una narrativa común. Aunque en declaraciones sueltas algunos líderes europeos han expresado preocupación, no existe una posición europea coordinada que articule una defensa clara de los valores que han sostenido el proyecto comunitario. Tampoco hay un consenso sobre cómo actuar si Estados Unidos decide profundizar su giro unilateralista. La UE se encuentra, así, en un momento de vulnerabilidad estratégica sin una hoja de ruta convincente.
Europa debe decidir si quiere seguir asumiendo el papel de espectadora o si está dispuesta a construir una respuesta autónoma que le permita defender sus intereses y su visión del mundo. Para ello necesita liderazgo, consenso y una narrativa clara, tres ingredientes que hoy escasean. También necesita reconocer que el eje franco-alemán, aunque útil, ya no basta para sostener el proyecto europeo. Es imprescindible sumar a otros actores, fortalecer las instituciones comunitarias y definir una estrategia común frente a un escenario internacional cada vez más hostil.
La publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos muestra de manera descarnada que la ambición de Donald Trump de rediseñar el orden internacional a su medida ya no es una mera intuición de analistas o diplomáticos.
Ruth FERRERO-TURRION
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Escríbenos: info@strategic-culture.su
Lo que antes se manifestaba en discursos y declaraciones, ahora queda plasmado negro sobre blanco en un documento oficial que traza las líneas maestras de una política exterior estadounidense cuyo principal objetivo es alterar el equilibrio global construido tras la Segunda Guerra Mundial y acelerado tras el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, la reacción europea ha oscilado entre el silencio estratégico, la negación y los intentos dispersos de reposicionamiento político.
La estrategia estadounidense no deja lugar a interpretaciones benevolentes. La nueva Casa Blanca considera que el orden internacional vigente es un obstáculo para su ambición nacional y que Europa no es un aliado indispensable sino una región a gestionar según conveniencia. Esa visión, lejos de limitarse a una disputa diplomática, implica una remodelación profunda de la relación transatlántica. Si en el pasado Estados Unidos fue garante del sistema multilateral y sostén político de la integración europea, el documento confirma que esa etapa se ha cerrado de forma abrupta. La prioridad actual es reordenar alianzas, sancionar dependencias y favorecer dinámicas que permitan a Washington recuperar su primacía sin las ataduras de consensos colectivos.
El desconcierto de las élites europeas es evidente. Por ahora se observan dos grandes grupos de reacción. El primero es el de los negacionistas, aquellos que prefieren minimizar el alcance de la nueva doctrina estadounidense con la esperanza de que el marco transatlántico sobreviva al ciclo político actual. Este sector sostiene que el vínculo histórico con Estados Unidos es demasiado profundo como para verse alterado por un documento estratégico, y que es mejor no sobreactuar ante lo que podría ser un episodio pasajero. Se trata de una respuesta comprensible desde el punto de vista psicológico, pero poco útil desde el punto de vista político. Ignorar la realidad no la hace desaparecer.
El segundo grupo está formado por quienes ven en este momento una oportunidad para reorganizar el liderazgo europeo. Entienden que, si Estados Unidos se desentiende de la estabilidad global o la condiciona a sus propios intereses, Europa necesita rearmarse políticamente y recuperar capacidad de iniciativa. Este impulso se ha visto especialmente en las reacciones de Friedrich Merz y Emmanuel Macron, que, desde posiciones distintas, coinciden en un mismo objetivo: reactivar el eje franco-alemán como motor político de la Unión. La foto es familiar. Durante décadas, Berlín y París marcaron el ritmo de la integración. Sin embargo, ese motor lleva gripado demasiado tiempo, afectado por divergencias económicas, por proyectos nacionales incompatibles y por una falta evidente de sincronía estratégica.
Aun así, Merz y Macron parecen convencidos de que la crisis abierta por Estados Unidos puede servir para reconstruir ese liderazgo compartido. Ambos han intensificado discursos y gestos que apuntan a recuperar centralidad en el diseño de la política europea de seguridad, defensa e incluso industria. El problema es que el contexto ya no es el de hace veinte años. El eje franco-alemán compite ahora con otro motor mucho más poderoso a nivel ideológico, la alianza entre la derecha tradicional y la extrema derecha en varios países miembros. Este eje, basado en una narrativa nacionalista y antiintegración, cuenta con apoyo electoral creciente, con altavoces mediáticos potentes y, lo más relevante, con simpatías explícitas en la administración Trump.
El silencio institucional de Bruselas tras la publicación de la estrategia es, en este sentido, muy significativo. Refleja una combinación de desconcierto, prudencia y falta de una narrativa común. Aunque en declaraciones sueltas algunos líderes europeos han expresado preocupación, no existe una posición europea coordinada que articule una defensa clara de los valores que han sostenido el proyecto comunitario. Tampoco hay un consenso sobre cómo actuar si Estados Unidos decide profundizar su giro unilateralista. La UE se encuentra, así, en un momento de vulnerabilidad estratégica sin una hoja de ruta convincente.
Europa debe decidir si quiere seguir asumiendo el papel de espectadora o si está dispuesta a construir una respuesta autónoma que le permita defender sus intereses y su visión del mundo. Para ello necesita liderazgo, consenso y una narrativa clara, tres ingredientes que hoy escasean. También necesita reconocer que el eje franco-alemán, aunque útil, ya no basta para sostener el proyecto europeo. Es imprescindible sumar a otros actores, fortalecer las instituciones comunitarias y definir una estrategia común frente a un escenario internacional cada vez más hostil.
