

Estimados lectores, hoy les traemos un artículo muy especial del ex inspector de armamento de Estados Unidos, Scott Ritter en su página propia.
…los jóvenes concluirán que «nadie vendrá a salvarnos» y podrían llegar a la conclusión, en su desesperación, de que el futuro solo puede decidirse en las calles.
El mundo está cambiando muy rápidamente. El año 2026 puede verse marcado por el regreso a la división en zonas de influencia y el fin de los imperios coloniales. Pero veremos sobre todo el regreso al derecho internacional frente a las reglas que hasta ahora conocíamos. Sólo quienes sean capaces de entender esos cambios y de adaptarse rápidamente podrán seguir desarrollándose.
El economista Manuel Sutherland detalla que después del 3 de enero lo que se observa es una apuesta fuerte por cambios rápidos y superficiales. Por su parte, Aldo Contreras afirma que, aunque los anuncios en materia económica han sido relevantes en las últimas semanas, los efectos reales sobre la economía se verán principalmente en el mediano y largo plazo. Para el politólogo Julio Urribarrí, el actual momento político que atraviesa Venezuela representa un punto de inflexión decisivo.
Se necesita energía para alimentar la guerra, se necesita la guerra para controlar la energía. Estados Unidos apunta a ganar en los cien metros, Rusia y China compiten en fondo.
Las naciones europeas invocan el lenguaje de la soberanía y la resistencia a Trump, mientras mantienen o incluso intensifican las estructuras de dependencia, en primer lugar la propia OTAN.
Los recientes acontecimientos en Venezuela han sido comentados de manera puramente partidista. Quienes detestan a Nicolás Maduro aplaudieron su secuestro, quienes lo aprecian clamaron al escándalo. Dos formas igualmente detestables de pasar por alto lo esencial. Lo esencial, en efecto, no es saber si Maduro es un «buen tipo» o un horrible dictador, sino comprender que con este secuestro hemos entrado definitivamente en una nueva era: aquella en la que la soberanía de los Estados ya no es reconocida por la potencia dominante.
La Unión Europea, que parece despertar ante los Estados Unidos de Donald Trump, experimenta el mayor desconcierto ante la ruptura del vínculo transatlántico. Y sólo atina a reaccionar como lo ha hecho siempre ante cada crisis política, acentuando su federalismo y su dependencia de Washington. Su incapacidad para reaccionar de otra manera la conduce inevitablemente al fracaso.