

El discurso de Kast es muy patriótico, pero todo lo que hace es lo opuesto al patriotismo.
Tel Aviv y Washington están afilando sus cuchillos, pero la doctrina militar favorece al que da el primer paso, y Teherán podría estar quedándose sin tiempo.
Aunque la existencia de la disuasión atómica dificulta el estallido de una guerra imperialista mundial, como las que se produjeron en el siglo XX, el uso o la amenaza de la fuerza sigue siendo una opción actual, como lamentablemente han demostrado los acontecimientos de los últimos tiempos.
La publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos muestra de manera descarnada que la ambición de Donald Trump de rediseñar el orden internacional a su medida ya no es una mera intuición de analistas o diplomáticos.
Teherán nunca se doblegará ante los dictados. La obsesión del régimen neocalígulo por el cambio de régimen —que, de hecho, se refleja en la obsesión de la OTAN— seguirá imperando. Teherán no se deja intimidar.
Las revueltas orquestadas desde el exterior en las últimas semanas en Irán han desaparecido casi por completo, después de que Irán bloqueara las llamadas internacionales, cortara las conexiones internacionales a Internet y, lo que es aún más significativo, interrumpiera las conexiones satelitales Starlink.
La tensión entre Teherán, Washington y Tel Aviv tiene en vilo no solamente a la región de Medio Oriente, sino que también mantiene en la expectación incesante a gran parte del planeta por lo que podría desencadenarse si los cálculos de los implicados en la confrontación llegasen a fallar inconmensurable y groseramente.
William Serafino desmonta en Red América Latina la narrativa trumpista sobre el control petrolero y político de Venezuela